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Viñayo abre sus puertas, así es Viñayo, pequeño pueblo, de la provincia de León , a 31 kilómetros de la capital de león, y uno de los primeros pueblos de León, con relacionado con el, desaparecido, Monasterio de Santa Eulalia, al comienzo del valle del que parte, la ruta de los Calderones ,ruta turística de, senderismo, Aquí puedes ver, la historia de Viñayo, remontada al año 873,y conocido en sus orígenes por el nombre de Vinagio, los nombres de los Lugares de Viñayo, las Fiestas y celebraciones, en Viñayo, Anécdotas, de los antepasados de Viñayo 

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HISTORIA        
LUGARES      
FIESTAS Corpus   Santa Columba  
Veraneante   RAMO  
Batallitas del Abuelo Minero   Culebra  
Lagartos   la Osa  
Voy Voy   el Mago  
         
         
Noticias Manzanos   Romances

3 Romances

 

secundaria 1

mapa de Viñayo


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Secundaria 3


Secundaria 4


Secundaria 5

Me casó mi madre de muy chiquitina.
Las primeras noches muy bien me quería,
las segundas noches ya no me quería.
Yo me fui tras de él por ver donde diba,
y le he visto entrar pa en casa su querida.
Yo me fui a escuchar por ver qué decía.
--Mantas y pañales a tí te las daría
y a la mi mujer palos y mala vida.--
Me vengo de casa triste y aburrida,
me puse a cenar, cenar no podía,
me puse a fregar, fregar no podía,
me asomé al balcón por ver si venía.

Le he visto venir a la calle arriba,
con la manta al hombro, la espada tendida.
--Ábreme la puerta, la puerta, María,
que vengo cansado de ganar la vida.
--Donde echaste la noche, echarás el día.
--Ábreme la puerta, la puerta, María,
que si entro allá, palos y mala vida.--
El cogió un garrote, yo agarré una silla:
--Si me das, te doy, llamo a la justicia.--
No te cases, joven, no te cases, no,
no te cases, joven, que es tu perdición

-------------------------------------------------

--Deme de cenar, mi madre, por ser hoy el postrer día,
que me brindó la Gallarda a cenar con ella un día.
--No vayas allá, mi hijo, no vayas allá, mi vida,
que la Gallarda ha matado a los mejores de esta villa.
--Tengo ir allá, mi madre, aunque me cueste la vida.--
--Buenos días, la Gallarda. --Mala ha sido tu venida:
el caballo que te trajo a volverte no diría;
la madre que te dio leche a verte no volvería.
--Lo que Dios quiera, Gallarda, lo que Dios quiera sería.--
Coge el caballo de rienda lo lleva a la caballería.
Había más de cien caballos, todos con doradas sillas,
relinchando por los amos, los amos no parecían.
--Suba, suba, el caballero, cenará en mi compañía.
--Cena, cena, la Gallarda, que yo cenado venía;
me dio de cenar mi madre por ser hoy el postrer día.
--Suba, suba, el caballero, suba, suba para arriba.--
Sube un cuarto y sube otro y sube otro más arriba,
hasta llegar a encontrar puertas de la doloría.
 

Había más de cien cabezas colgaditas de una viga.
--¿Qué es esto, linda Gallarda, qué es esto, Gallarda linda?
--Son cabezas de cochinos, las traje de la montiña.
--Mientes, mientes, la Gallarda, que a la cara te lo digo,
la cabeza de mi padre, también la de un tío mío,
la cabeza de mi padre, en la barba le he conocido.--
Ya se ponía a hacer la cama y el caballero bien mira;
entre los siete colchones un puñal de oro metía.
La Gallarda se dormece, el caballero no dormía.
Se levanta la Gallarda, despierta y despavorida.
--¿Qué buscas, linda Gallarda, qué buscas, Gallarda linda?
--Busco mi rosario de oro, que rezarle le quería.
--Ese tu rosario de oro yo con él te mataría.--
Se lo mete por el pecho, a salir a la costilla.
--Abra las puertas, portero, ábralas con alegría,
la Gallarda tiene un sueño que jamás despertaría.
¡De cien hombres que han entrado ninguno salió con vida,
yo por ser el más chiquito he salido con la mía!

----------------------------------------------------------------

Era un domingo de ramos a la salida de misa
y diban las tres hermanas juntas a la calle arriba.
Una diba de lo verde y otra de lo verde diba
y otra de lo azul morado, preso me tiene la vida.
Diba el sargento Gutiérrez, también va el cabo García.
--¿Cuála de las tres que van a ti más te gustaría?
--A mí la de azul morado me tiene preso la vida.
Esta noche, caballero, me ayudarás a rendirla.
--Esta noche sí, por cierto, antes que sea de día.--
Eso de la media noche, cuando a la su puerta pican,
principiaron a llamar, y la maire a abrir salía.
--Pues a usted no la llamamos, que llamamos a su hija.
--La hija no está en casa, que está en casa de una tía.--
El demonio del sargento, aunque el diablo se lo diga,
no hizo caso de la madre y fue a la cama de la niña.
--Déjenme, señores, dejen, déjenme vestir camisa,
que la que tengo en mi cuerpo de sangre ya va teñida.
--¿Para qué quiere, la perla, para qué quiere, la niña,
para qué quiere, la flor, para qué quiere camisa?
 

Teniendo yo aquí mi capa en ella te envolvería.--
Ya la coge entre los brazos y con ella se encamina,
y la pobre de la madre desta manera decía:
--Mira por la honra, hija, aunque te cueste la vida.
--Mira por la suya, madre, la mía ya va perdida.--
Ya la sacan siete leguas, donde población no había,
ya se gozaban los dos, ¡qué compasión allí habría!
Uno dice: --Muera, muera--, y otro dice: --Viva, viva,
es compasión que se pierda esta carita tan linda--.
Ya le sacan un puñal y en el pecho se lo cincan;
ya le cortan la cabeza y a su madre se la ínvian
diciendo: "Toma, demonio, la honra de la tu hija".
--¡Ay, mi hija de mi alma!, ¿yo pa qué te criaría?--
Comenzó a hablar la cabeza como si estuviese viva:
--Calle, la mi madre, calle, no tenga pena ninguna,
que mi alma está en el cielo, por la suya pediría;
la del sargento y el cabo en el infierno arderían.--

 

-----------------------------

 

ROMANCES PARA EL RECUERDO  1º

 

   

 

 

Yo me estaba reposando
durmiendo como solía
recorre triste llorando
con gran pena que sentía
levantéme muy sin tiento
de la cama en que dormía
cercado de pensamiento
que valer no me podía
mi passión era tan fuerte
que de mi yo no sabía
estaba la muerte
por tenerme en compañía
lo que más me fatigaba
no era porque moría
más era porque dejaba
de servir a quien servía
servía yo una señora
que más que a mí la quería
y ella fue la causadora
de mi mal sin mejoría
la media noche pasada
ya era cerca del día
salía de mi posada
por ver si descansaría
fui para donde moraba
aquella que más quería
por quien yo triste penaba
más ella no parecía
andando todo turbado
con las ansias que tenía
vi venir a mi el cuydado
dando voces y decía
si dormís linda señora
recordad por cortesía
pues que fuiste causadora
de la desventura mía
remediad mi gran tristura
satisfaced mi porfía
porque si falta ventura
del todo me perdería
y con mis ojos llorando
un triste llanto hacía
con sospiros congorosos
y nadie no parescía
en estas cuytas estando
como vi que esclarescía
a mi caía sospirando
me volvía como solía.

 

 Todas las gentes dormían
en las que Dios había parte
no duerme la Melisenda
la hija del emperante
faltó diesa de la cama
como la parió su madre.
Si dormís las mis doncellas
si dormides recordade
las que habedes maridos
tengades me puridade
las que sabedes de amores
consejo me queréis dar
que amores al conde Ayuelos
no me verán reposar.
Allí hablara una vieja
vieja de antigua edada.
Mientras sois moça señora
placer vos querades dar
que cuando seades vieja
los rapaces nos querrán
que así hice yo mezquina
en casa de vuestro padre
y con este consejo
empeçó de caminar
vase para los palacios
donde el conde ha de hallar
a sombra va de tejados
que no la conozca nadie
encontró con Fernandinos
el alguazil de su padre
desque la vido y sola
empeçóse a santiguarse,
¿A do vais la mi señora
vos que vades a buscar
o citais loca sanguina
o de amores queréis finar?
mása yo me iba a la iglesia
aquella noche a velar
más prestesme Fernandinos
prestesme el tu puñal
que miedo tengo a los perros
que no me hiciesen mal
y tómolo por la punta
hasta los cabos se lo fue a inchar
Allí murió Fernandinos
el alguazil de tu padre
y ella tira su camino
donde el conde ha de hallar
las puertas halló cerradas
no halló por donde entrar
con palabras de encantamiento
abrió las de par en par
siete antorchas que allí ardían
todas las fuera a matar
desesperado se había el conde
con balas me dio dios del cielo
Sancta María fue tu madre
O eran mis enemigos
que me vienen a matar
o eran los mís pecados
que me vienen a tentar
o era la Melisenda
la hija del Emperante
más era una morica
mozica de allende la mar
mi cuerpo tengo tan blanco
como un fino cristal
mis dientes son tan menudillos
menudos como la sal
mi boca tan colorada
como un fino coral.
Allí habló el buen conde
tal respuesta le fue a dar.
Juramento tengo hecho
Sobre un libro missal
que mujer que a mí demande
nunca mi cuerpo negalle
sino era Melisenda
la hija del Emperante.
entonces la Melisenda
començóle de besar
y quitóle sus vestidos
cabo el se fuera echar
cuando vino la mañana
que quería alborear
hizo abrir las sus ventanas
por la morica mirar
vido que era Melisenda
empéçóle de hablar.
Señora cuán bueno fuera
esta noche yo me matar
antes que haber cometido
aquesta tan gran maldad.
Vase a casa del Emperador
Por habérselo de contar
las rodillas por el suelo
le comiença de hablar.
Una nueva os traía
os lo había de contar
más catad aquí mi espada
que en mí la podéis vengar
que esta noche Melisenda
en mis palacios fue a entrar
siete achas que allí ardían
todas las fuera a matar
díjome que era mozica
moza de allende la mar
y que venía conmigo
a dormir y a folgar
y entonces yo desdichado
cabe mí la dejé echar.
Allí habló el Emperador
tal respuesta le fue a dar.
Tira allá la tu espada
que no te quiero hacer mal
más si tu la quieres conde
por mujer se te dará.
pláceme dijera el conde
pláceme de voluntad
lo que vuestra alteza manda
veisme aquí a vuestro mandar.
Hace venir a un arzobispo
por haberlos de desposar
ricas fiestas hicieron
con mucha solemnidad.


Durmiendo estaba el cuydado
porque el pesar le adormecía
el dolor del corazón
sus tristes ojos había
si triste estaba velando
durmiendo más mal tenía
con sospiros y llorando
su grave passión decía.
Di muerte por qué no vienes
y sanas la pena mía
darás fin a mí esperanza
y a mi deseo alegría
que la vida que no vive
morir mejor le sería.

 

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Romance de Vergilios


Mandó el rey prender Vergilios 
y a buen recaudo poner, 
por una traición que hizo 
en los palacios del rey: 
porque forzó una doncella 
llamada doña Isabel. 
Siete años lo tuvo preso, 
sin que se acordase de él, 
y un domingo estando en misa 
mientes se le vino de él. 
-Mis caballeros, Vergilios, 
¿qué se había hecho de él? 
Allí habló un caballero 
que a Vergilios quiere bien: 
-Preso lo tiene tu alteza 
y en tus cárceles lo tien. 
-Vía, a comer, mis caballeros, 
caballeros, vía, a comer, 
después que hayamos comido 
a Vergilios vamos ver. 
Allí hablara la reina: 
-Yo no comeré sin él. 
A las cárceles se van 
adonde Vergilios es. 
-¿Qué hacéis aquí, Vergilios? 
Vergilios ¿aquí qué hacéis? 
-Señor, peino mis cabellos 
y las mis barbas también: 
aquí me fueron nacidas, 
aquí me han encanecer, 
que hoy se cumplen siete años 
que me mandaste prender. 
-Calles, calles tú, Vergilios, 
que tres faltan para diez. 
-Señor, si manda tu alteza, 
toda mi vida estaré. 
-Vergilios, por tu paciencia 
conmigo irás a comer. 
-Rotos tengo mis vestidos, 
no estoy para parecer. 
-Yo te los daré, Vergilios, 
yo dártelos mandaré. 
Plúgole a los caballeros 
y a las doncellas también; 
mucho más plugo a una dueña 
llamada doña Isabel. 
Llaman un arzobispo, 
ya la desposan con él. 
Tomárala por la mano 
y llévasela a un vergel. 

 

Romance del prisionero


Por el mes era de mayo 
cuando hace la calor, 
cuando canta la calandria 
y responde el ruiseñor, 
cuando los enamorados 
van a servir al amor, 
sino yo, triste cuitado, 
que vivo en esta prisión, 
que ni sé cuándo es de día, 
ni cuándo las noches son, 
sino por una avecilla 
que me cantaba al albor. 
Matómela un ballestero 
¡Dele Dios mal galardón! 
Cabellos de mi cabeza 
lléganme al corvejón, 
los cabellos de mi barba 
por manteles tengo yo; 
las uñas de las mis manos 
por cuchillo tajador. 
Si lo hacía el buen rey, 
hácelo como señor, 
si lo hace el carcelero, 
hácelo como traidor. 
Mas quien ahora me diese 
un pájaro hablador, 
siquiera fuese calandria, 
o tordico, o ruiseñor, 
criado fuese entre damas 
y avezado a la razón, 
que me lleve una embajada 
a mi esposa Leonor: 
que me envíe una empanada, 
no de trucha, ni salmón, 
sino de una lima sorda 
y de un pico tajador: 
la lima para los hierros 
y el pico para el torreón. 
Oídolo había el rey, 
mandóle quitar la prisión. 

 La ermita de San Simón


En Sevilla está una ermita 
cual dicen de San Simón, 
adonde todas las damas 
iban a hacer oración. 
Allá va la mi señora, 
sobre todas la mejor, 
saya lleva sobre saya, 
mantillo de un tornasol, 
en la su boca muy linda 
lleva un poco de dulzor, 
en la su cara muy blanca 
lleva un poco de color, 
y en los sus ojuelos garzos 
lleva un poco de alcohol, 
a la entrada de la ermita, 
relumbrando como el sol. 
El abad que dice misa 
no la puede decir, no, 
monacillos que le ayudan 
no aciertan responder, no, 
por decir: amén, amén, 
decían: amor, amor. 


 

 Romance de Fontefrida


Fontefrida, Fontefrida, 
Fontefrida y con amor, 
do todas las avecicas 
van tomar consolación, 
sino es la tortolica 
que está viuda y con dolor. 
Por allí fuera a pasar 
el traidor del ruiseñor, 
las palabras que le dice 
llenas son de traición: 
-Si tú quisieses, señora, 
yo sería tu servidor. 
-Vete de ahí, enemigo, 
malo, falso, engañador, 
que ni poso en ramo verde, 
ni en prado que tenga flor, 
que si el agua hallo clara, 
turbia la bebía yo; 
que no quiero haber marido, 
porque hijos no haya, no; 
no quiero placer con ellos, 
ni menos consolación. 
¡Déjame, triste enemigo, 
malo, falso, mal traidor, 
que no quiero ser tu amiga 
ni casar contigo, no! 

 
Yo me levantara, madre...


Yo me levantara, madre, 
mañanica de San Juan, 
vide estar una doncella 
ribericas de la mar. 
Sola lava y sola tuerce, 
sola tiende en un rosal; 
mientras los paños se enjugan 
dice la niña un cantar: 
-¿Dó los mis amores, dó los, 
¿dó los andaré a buscar? 
Mar abajo, mar arriba, 
diciendo iba el cantar, 
peine de oro en las sus manos 
por sus cabellos peinar: 
-Dígasme tú, el marinero, 
sí, Dios te guarde de mal, 
si los viste mis amores, 
si los viste allá pasar. 



 

 
Romance de Rosa fresca


-Rosa fresca, rosa fresca, 
tan garrida y con amor, 
cuando yo os tuve en mis brazos 
no vos supe servir, no, 
y ahora que os serviría 
no vos puedo haber, no. 
-Vuestra fue la culpa, amigo, 
vuestra fue, que mía no: 
enviástesme una carta 
con un vuestro servidor 
y en lugar de recaudar 
él dijera otra razón: 
que érades casado, amigo, 
allá en tierras de León, 
que tenéis mujer hermosa 
y hijos como una flor. 
-Quien os lo dijo, señora, 
no vos dijo verdad, no, 
que yo nunca entré en Castilla 
ni allá en tierras de León, 
sino cuando era pequeño 
que no sabía de amor. 



Romance 


Paseábase el buen conde 
todo lleno de pesar, 
cuentas negras en sus manos 
do suele siempre rezar, 
palabras tristes diciendo, 
palabras para llorar: 
-Véoos, hija, crecida, 
y en edad para casar; 
el mayor dolor que siento 
es no tener que os dar. 
-Calledes, padre, calledes, 
no debéis tener pesar, 
que quien buena hija tiene 
rico se debe llamar, 
y el que mala la tenía 
viva la puede enterrar, 
pues amengua su linaje 
que no debiera amenguar, 
y yo, si no me casare, 
en religión puedo entrar. 




 

 

Romance de Rico Franco


A caza iban, a caza, 
los cazadores del rey, 
ni fallaban ellos caza, 
ni fallaban qué traer. 
Perdido habían los halcones, 
¡mal los amenaza el rey! 
Arrimáranse a un castillo 
que se llamaba Mainés. 
Dentro estaba una doncella 
muy fermosa y muy cortés; 
siete condes la demandan, 
y así facen tres reyes. 
Robárala Rico Franco, 
Rico Franco aragonés; 
llorando iba la doncella 
de sus ojos tan cortés. 
Falábala Rico Franco, 
Rico Franco aragonés: 
-Si lloras tu padre o madre, 
nunca más vos los veréis, 
si lloras los tus hermanos, 
yo los maté todos tres. 
-Ni lloro padre ni madre, 
ni hermanos todos tres, 
mas lloro la mí ventura 
que no sé cuál ha de ser. 
Prestédesme, Rico Franco, 
vuestro cuchillo lugués, 
cortaré fitas al manto, 
que no son para traer. 
Rico Franco de cortese 
por las cachas lo fue tender, 
la doncella, que era artera, 
por los pechos se lo fue a meter; 
así vengó padre y madre, 
y aun hermanos todos tres. 

 
Romance de Marquillos



¡Cuán traidor eres, Marquillos! 
¡Cuán traidor de corazón! 
Por dormir con tu señora 
habías muerto a tu señor. 
Desque lo tuviste muerto 
quitástele el chapirón; 
fuéraste al castillo fuerte 
donde está la Blanca Flor. 
-Ábreme, linda señora, 
que aquí viene mi señor; 
si no lo quieres creer, 
veis aquí su chapirón. 
Blanca Flor, desque lo viera, 
las puertas luego le abrió; 
echóle brazos al cuello, 
allí luego la besó; 
abrazándola y besando 
a un palacio la metió. 
-Marquillos, por Dios te ruego 
que me otorgases un don: 
que no durmieses conmigo 
hasta que rayase el sol. 
Marquillos, como es hidalgo, 
el don luego le otorgó; 
como viene tan cansado 
en llegado se adurmió. 
Levantóse muy ligera 
la hermosa Blanca Flor, 
tomara cuchillo en mano 
y a Marquillos degolló. 


 

 

 
Romance del conde Alemán


A tan alta va la luna 
como el sol a mediodía, 
cuando el buen conde Alemán 
con esa dama dormía. 
No lo sabe hombre nacido 
de cuantos en la corte había, 
si no sólo era la infanta, 
aquesa infanta su hija. 
Así su madre le hablaba, 
desta manera decía: 
-Cuanto viéredes tú, infanta, 
cuanto vierdes, encobridlo; 
daros ha el conde Alemán 
un manto de oro fino. 
-¡Mal fuego queme, madre, 
ese manto de oro fino, 
cuando en vida de mi padre 
tuviese padrastro vivo! 
De allí se fuera llorando; 
el rey su padre la ha visto: 
-¿Por qué lloráis, la infanta? 
decid ¿quién llorar os hizo? 
-Yo me estaba aquí comiendo, 
comiendo sopas en vino, 
entró el conde Alemán, 
y echólas por el vestido. 
-Calléis, mi hija, calléis, 
no toméis de eso pesar, 
que el conde es niño y muchacho, 
hacerlo ha por burlar. 
-¡Mal fuego quemase, padre, 
tal reír y tal burlar! 
Cuando me tomó en sus brazos, 
conmigo quiso holgar. 
-Si él os tomó en sus brazos 
y con vos quiso holgar, 
en antes que el sol salga 
yo lo mandaré matar. 

 retorno a PRINCIPAL

Romance del conde Alarcos

(1º)

Retraída está la infanta, 
bien así como solía, 
viviendo muy descontenta 
de la vida que tenía, 
viendo que ya se pasaba 
toda la flor de su vida, 
y que el rey no la casaba, 
ni tal cuidado tenía. 
Entre sí estaba pensando 
a quien se descubriría, 
acordó llamar al rey 
como otras veces solía, 
por decirle su secreto 
y la intención que tenía. 
Vino el rey siendo llamado, 
que no tardó su venida: 
vídola estar apartada, 
sola está sin compañía; 
su lindo gesto mostraba 
ser más triste que solía. 
Conociera luego el rey 
el enojo que tenía: 
-¿Qué es aquesto, la infanta? 
¿qué es aquesto, hija mía? 
Contadme vuestros enojos, 
no toméis malenconía, 
que sabiendo la verdad 
todo se remediaría. 
-Menester será, buen rey, 
remediar la vida mía, 
que a vos quedé encomendada 
de la madre que tenía. 
Dédesme, buen rey, marido, 
que mi edad ya lo pedía: 
con vergüenza os lo demando, 
no con gana que tenía, 
que aquestos cuidados tales 
a vos, rey, pertenecían. 
Escuchada su demanda, 
el buen rey le respondía: 
-Esa culpa, la infanta, 
vuestra era, que no mía, 
que ya fuérades casada 
con el príncipe de Hungría. 
No quisistes escuchar 
la embajada que venía, 
pues acá en las nuestras cortes, 
hija, mal recaudo había, 
porque en todos los mis reinos 
vuestro par igual no había, 
sino era el conde Alarcos, 
hijos y mujer tenía. 
-Convidadlo vos, el rey, 
al conde Alarcos un día, 
y después que hayáis comido 
decilde de parte mía, 
decilde que se acuerde 
de la fe que dél tenía, 
la cual él me prometiera, 
que yo no se la pedía, 
de ser siempre mi marido, 
y yo que su mujer sería. 
Yo fui de ello muy contenta 
y que no me arrepentía. 
Si la condesa es burlada, 
que mirara lo que hacía, 
que por él no me casé 
con el príncipe de Hungría: 
si casó con la condesa, 
dél es culpa, que no mía, 
Perdiera el rey en la oír 
el sentido que tenía, 
mas después en sí tornado 
con enojo respondía: 
-¡No son estos los consejos, 
que vuestra madre os decía! 
¡Muy mal mirastes, infanta,     do estaba la honra mía! 
Si verdad es todo eso 

 

(2º)


vuestra honra ya es perdida: 
no podéis vos ser casada 
siendo la condesa viva. 
Si se hace el casamiento 
por razón o por justicia, 
en el decir de las gentes 
por mala seréis tenida. 
Dadme vos, hija, consejo, 
que el mío no bastaría, 
que ya es muerta vuestra madre 
a quien consejo pedía. 90 
-Yo os lo daré, buen rey, 
de este poco que tenía: 
mate el conde a la condesa, 
que nadie no lo sabría, 
y eche fama que ella es muerta 
de un cierto mal que tenía, 
y tratarse ha el casamiento 
como cosa no sabida. 
De esta manera, buen rey, 
mi honra se guardaría. 
De allí se salía el rey, 
no con placer que tenía; 
lleno va de pensamientos 
con la nueva que sabía; 
vido estar al conde Alarcos 
entre muchos, que decía: 
-¿Qué aprovecha, caballeros, 
amar y servir amiga, 
que son servicios perdidos 
donde firmeza no había? 
No pueden por mí decir 
aquesto que yo decía, 
que en el tiempo que yo serví 
una que tanto quería, 
si muy bien la quise entonces, 
agora más la quería; 
mas por mí pueden decir 
quien bien ama tarde olvida. 
Estas palabras diciendo 
vido al buen rey que venía, 
y hablando con el rey 
de entre todos se salía. 
Dijo el buen rey al conde 
hablando con cortesía: 
-Convidaros quiero, conde, 
por mañana en aquel día, 
que queráis comer conmigo 
por tenerme compañía. 
-Que se haga de buen grado 
lo que su Alteza decía; 
beso sus reales manos 
por la buena cortesía: 
detenerme he aquí mañana, 
aunque estaba de partida, 
que la condesa me espera 
según carta me envía. 
Otro día de mañana 
el rey de misa salía; 
luego se asentó a comer, 
no por gana que tenía, 
sino por hablar al conde 
lo que hablarle quería. 
Allí fueron bien servidos 
como a rey pertenecía. 
Después que hubieron comido, 
toda la gente salida, 
quedóse el rey con el conde 
en la tabla do comía. 
Empezó el rey de hablar 
la embajada que traía: 
-Unas nuevas traigo, conde, 
que de ellas no me placía, 
por las cuales yo me quejo 
de vuestra descortesía. 
Prometistes a la infanta 
lo que ella no os pedía, 
de siempre ser su marido, 
y a ella que le placía. 
Si a otras cosas pasastes 
no entro en esa porfía 

(3º)

Otra cosa os digo, conde, 
de que más os pesaría: 
que matéis a la condesa 
que así cumple a la honra mía: 
echéis fama que es muerta 
de cierto mal que tenía, 
y tratarse ha el casamiento 
como cosa no sabida, 
porque no sea deshonrada 
hija que tanto quería. 
Oídas estas razones 
el buen conde respondía: 
-No puedo negar, el rey, 
lo que la infanta decía, 
sino que otorgo, es verdad, 
todo cuanto me pedía. 
Por miedo de vos, el rey, 
no casé con quien debía, 
no pensé que vuestra Alteza 
en ello consentiría: 
de casar con la infanta 
yo, señor, bien casaría; 
mas matar a la condesa, 
señor rey, no lo haría, 
porque no debe morir 
la que mal no merecía. 
-De morir tiene, buen conde, 
por salvar la honra mía, 
pues no mirastes primero 
lo que mirar se debía. 
Si no muere la condesa 
a vos costará la vida. 
Por la honra de los reyes 
muchos sin culpa morían, 
que muera pues la condesa 
no es mucha maravilla. 
-Yo la mataré, buen rey, 
mas no será la culpa mía: 
vos os avendréis con Dios 
en el fin de vuestra vida, 
y prometo a vuestra Alteza, 
a fe de caballería, 
que me escriba por traidor 
si lo dicho no cumplía 
de matar a la condesa, 
aunque mal no merecía. 
Buen rey, si me dais licencia 
yo luego me partiría. 
-Vades con Dios, el buen conde, 
ordenad vuestra partida. 
Llorando se parte el conde, 
llorando sin alegría; 
llorando por la condesa, 
que más que a sí la quería. 
Llorando también el conde 
por tres hijos que tenía, 
el uno era de teta, 
que la condesa lo cría, 
que no quería mamar 
de tres amas que tenía 
sino era de su madre 
porque bien la conocía; 
los otros eran pequeños, 
poco sentido tenían. 
Antes que el conde llegase 
estas razones decía: 
-¿Quién podrá mirar, condesa, 
vuestra cara de alegría, 
que saldréis a recibirme 
a la fin de vuestra vida? 
Yo soy el triste culpado, 
esta culpa toda es mía. 
En diciendo estas palabras 
ya la condesa salía, 
que un paje le había dicho 
como el conde ya venía. 
Vido la condesa al conde 
la tristeza que tenía, 
viole los ojos llorosos 
que hinchados los tenía 
de llorar por el camino 
mirando el bien que perdía. 
(al 4º )

 

(4º)

 
¡Bien vengáis, bien de mi vida! 
¿Qué habéis, el conde Alarcos? 
¿por qué lloráis, vida mía, 
que venís tan demudado 
que cierto no os conocía? 
No parece vuestra cara 
ni el gesto que ser solía; 
dadme parte del enojo 
como dais de la alegría. 
¡Decídmelo luego, conde, 
no matéis la vida mía! 
-Yo vos lo diré, condesa, 
cuando la hora sería. 
-Si no me lo decís, conde, 
cierto yo reventaría. 
-No me fatiguéis, señora, 
que no es la hora venida. 
Cenemos luego, condesa, 
de aqueso que en casa había. 
-Aparejado está, conde, 
como otras veces solía. 
Sentóse el conde a la mesa, 
no cenaba ni podía, 
con sus hijos al costado, 
que muy mucho los quería. 
Echóse sobre los hombros; 
hizo como que dormía; 
de lágrimas de sus ojos 
toda la mesa corría. 
Mirábalo la condesa; 
que la causa no sabía; 
no le preguntaba nada, 
que no osaba ni podía. 
Levantóse luego el conde, 
dijo que dormir quería; 
dijo también la condesa 
que ella también dormiría; 
mas entre ellos no había sueño, 
si la verdad se decía. 
Vanse el conde y la condesa 
a dormir donde solían: 
dejan los niños de fuera 
que el conde no los quería: 
lleváronse el más chiquito, 
el que la condesa cría: 
el conde cierra la puerta, 
lo que hacer no solía. 
Empezó de hablar el conde 
con dolor y con mancilla: 
-¡Oh desdichada condesa, 
grande fue la tu desdicha! 
-No soy desdichada, conde, 
por dichosa me tenía 
sólo en ser vuestra mujer: 
esta fue gran dicha mía. 
-¡Si bien lo miráis, condesa, 
esa fue vuestra desdicha! 
Sabed que en tiempo pasado 
yo amé a quien bien servía, 
la cual era la infanta. 
Por desdicha vuestra y mía 
prometí casar con ella; 
y a ella que le placía, 
demándame por marido 
por la fe que me tenía. 
Puédelo muy bien hacer 
de razón y por justicia: 
díjomelo el rey su padre 
porque de ella lo sabía. 
Otra cosa manda el rey 
que toca en el alma mía: 
manda que muráis, condesa, 
a la fin de vuestra vida, 
que no puede tener honra 
siendo vos, condesa, viva. 
Desque esto oyó la condesa 
cayó en tierra amortecida: 
mas después en sí tornada 
estas palabras decía: 
-¡Pagos son de mis servicios, 
conde, con que yo os servía! 
si no me matáis, el conde, 
yo bien os consejaría: 

 

(5º)


enviédesme a mis tierras 
que a mi padre me ternía; 
yo criaré vuestros hijos 
mejor que la que vernía, 
yo os mantendré castidad 
como siempre os mantenía. 
-De morir habéis, condesa, 
en antes que venga el día. 
-¡Bien parece, conde Alarcos, 
yo ser sola en esta vida; 
porque tengo el padre viejo, 
mi madre ya es fallecida, 
y mataron a mi hermano 
el buen conde don García, 
que el rey lo mandó matar 
por miedo que dél tenía! 
No me pesa de mi muerte, 
porque yo morir tenía, 
mas pésame de mis hijos, 
que pierden mi compañía: 
hacémelos venir, conde, 
y verán mi despedida. 
-No los veréis más, condesa, 
en días de vuestra vida: 
abrazad este chiquito, 
que aqueste es el que os perdía. 
Pésame de vos, condesa, 
cuanto pesar me podía. 
No os puedo valer, señora, 
que más me va que la vida; 
encomendáos a Dios 
que esto hacerse tenía. 
-Dejéisme decir, buen conde, 
una oración que sabía. 
-Decila presto, condesa, 
antes que amanezca el día. 
-Presto la habré dicho, conde, 
no estaré un Ave María. 
Hincó rodillas en la tierra 
y esta oración decía: 
"En las tus manos, Señor, 
encomiendo el alma mía: 
no me juzgues mis pecados 
según que yo merecía, 
mas según tu gran piedad 
y la tu gracia infinita". 
-Acabada es ya, buen conde, 
la oración que yo sabía; 
encomiéndoos esos hijos 
que entre vos y mí había, 
y rogad a Dios por mí 
mientras tuviéredes vida, 
que a ello sois obligado 
pues que sin culpa moría, 
Dédesme acá ese chiquito, 
mamará por despedida. 
-No le despertéis, condesa, 
dejadlo estar, que dormía, 
sino que os pido perdón 
porque ya viene el día. 
-A vos yo perdono, conde, 
por el amor que vos tenía; 
mas yo no perdono al rey, 
ni a la infanta su hija, 
sino que queden citados 
delante la alta justicia, 
que allá vayan a juicio 
dentro de los treinta días. 
Estas palabras diciendo 
el conde se apercebía: 
echóle por la garganta 
una toca que tenía, 
apretó con las dos manos 
con la fuerza que podía: 
no le afloja la garganta 
mientras que vida tenía. 
Cuando ya la vido el conde 
traspasada y fallecida, 
desnudóle los vestidos 
y las ropas que tenía: 
echóla encima la cama, 
cubrióla como solía; 
desnudóse a su costado, 

(6º)


obra de un Ave María: 
levantóse dando voces 
a la gente que tenía: 
-¡Socorred, mis caballeros, 
que la condesa se fina! 
Hallan la condesa muerta 
los que a socorrer venían. 
Así murió la condesa, 
sin razón y sin justicia; 
mas también todos murieron 
dentro de los treinta días. 
Los doce días pasados 
la infanta ya se moría; 
el rey a los veinte y cinco, 
el conde al treinteno día, 
allá fueron a dar cuenta 
a la justicia divina. 
Acá nos dé Dios su gracia, 
y allá la gloria cumplida. 


FIN

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RELATO Nº 4

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